Es muy probable que hayas escuchado el término lobotomía sin saber exactamente su significado. Este hace referencia a una psicocirugía que comenzó a practicarse frecuentemente a finales del siglo XX para tratar algunas enfermedades mentales.

Aunque tuvo una gran acogida durante la época, los psicofármacos actuales acabaron con el uso de esta práctica brutal. Y es que la lobotomía era potencialmente peligrosa para los pacientes debido a su alta mortalidad.

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Cómo afecta este tratamiento a los pacientes

La lobotomía es una compleja operación cerebral en la que se cortan algunas fibras nerviosas. Así, se pensaba que los enfermos de depresión severa y esquizofrenia podían notar un alivio de sus síntomas.

Al principio este procedimiento pareció dar buenos resultados, y los pacientes encontraban un respiro para calmarse y ser más cooperativos. Sin embargo, más tarde, esta psicocirugía demostró ser un método salvaje y poco eficaz. Y es que era invasiva y no proporcionaba una cura definitiva a trastornos mentales graves.

Uno de cada tres pacientes no lograba sobrevivir tras su paso por el quirófano, y quienes sí lo hacían sufrían alteraciones en sus comportamientos y su personalidad. Era común que estos mostraran actitudes infantiles o que tuvieran problemas para realizar algunas tareas, tales como focalizar la atención o planificar actividades.

Ya que el lóbulo frontal era intervenido durante la operación, las funciones ejecutivas de las que este es responsable resultaban gravemente dañadas. La cuestión es que algunos doctores de hace un siglo tenían la convicción de poder modificar las conexiones con los lóbulos frontales. De esta manera, creían posible cambiar las emociones negativas de los sujetos.

Los pacientes experimentaban síntomas como un estado de confusión o poca claridad mental acompañada de incontinencia urinaria. Asimismo, presentaban un apetito voraz que les hacía aumentar de peso fácilmente tras la intervención.

¿El fin de la lobotomía?

Muchas de las personas elegidas para dicho procedimiento presentaban notables cambios de conducta como los ya mencionados, además de otros comportamientos inusuales. Los sujetos lobotomizados poseían un menor grado de autocontrol y autocuidado. Igualmente, tenían una menor capacidad para tomar decisiones o de responder efectivamente a estímulos de placer.

Aunque ciertamente un buen número de lobotomías tuvo lugar en la década de 1950, a partir de entonces se desestimó su uso por sus graves efectos colaterales.

En la actualidad, no obstante, algunos cirujanos todavía lo practican en ciertos países pese a que generalmente está prohibido como tratamiento para problemas mentales serios. La razón principal es que la lobotomía es un proceso complicado y con riesgos para el que no existe ninguna evidencia tangible.

Afortunadamente la medicina ha avanzado a pasos de gigante en estos últimos 70 años, así que métodos más sencillos y efectivos están disponibles en el mercado. Los fármacos adecuados tardan unas semanas en hacer efecto y no logran aminorar totalmente los signos de condiciones graves. Aun así, se trata de un paso más en el camino hacia el éxito.